Esta edición, como todas, fue diferente. No voy a las pruebas que se realizan por los alrededores; me gusta más quedarme en Biarritz y disfrutar del pueblo y ver pasar las motos por sus calles mientras paseo o tomo un cafelito.
Y ahora que reviso el resto de artículos que escribí en su día, me reafirmo. En fin… sí, hay competiciones y podría hacer fotos impresionantes. Igual algún año lo cubro. Pero Biarritz para mí es muy importante. Es tranquilidad, es paz… es el único lugar al que necesito ir para recargar pilas, y poder hacerlo ahora con mis hijos lo hace más especial todavía. De hecho, en su día tenía una exposición sobre Biarritz que se canceló en el último momento porque me quedé sin trabajo, pero que algún día espero poder convertir en un artículo para prensa escrita junto con la Wheels. Y sí, tendré que cubrir algún año la Punks y las pruebas de barro, pero sin prisa 🙂
Nos metemos en materia, este año noté varias diferencias en comparación con las anteriores ediciones a las que fui. Todas, por cierto, antes de 2020. Había más desfase, las noches eran largas y ruidosas; personalmente, me gustaban. Esta vez, y no sé si en años anteriores también pasaba, a las 6 de la tarde algunas calles se cortaban para que no pasaran vehículos. A ver, le quita ese punto de ver todas las motos por el centro, por todas las calles… Sí que es verdad que las terrazas estaban llenas y, pues igual, ven que es peligroso ver pasar motos por esas zonas. Pero me llamó la atención que por la noche no hubiera esa fiesta en el centro. En el Village y donde vamos a ver la puesta de sol sí, pero hasta cierta hora.
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Hablando de motos, bien, se veían cosas interesantes. Hablo de lo que se ve por la calle, dejando de lado las expuestas y las de competición. Harley-Davidson siempre hay, se agradece, porque suenan muy bien, sobre todo las preparaciones sobre bases de carburación. Es una delicia ver y escuchar eso. Luego, muchas, muchas Royal Enfield. Tengo sentimientos encontrados sobre estas motos, la verdad. Me gustan, son bonitas, pero… no sé. Han subido de precio. ¿Me compraría una? No sé… tengo un debate interno. Luego, Indian también a patadas, que tiene mérito porque relativamente son «nuevas». No como marca, lógicamente, pero sí este último lavado de cara, que ya tiene años. Están haciendo un buen trabajo y cada vez se ven más, a pesar de su alto precio, porque son bastante caras. No tienen una gama de acceso como pudo ser la Sportster en su día por 8.000 euros… (que ahora de segunda mano las venden por más… en fin…). Las Scout se ven bastante. Son las más baratas, pero aun así son caras. El motor es refrigerado por líquido y, bueno, dentro del mundo custom creo que queda mejor el aire y sus aletas. Aun así, me encontré con alguna que venía de muy lejos, lo que habla bien de ellas. Luego, Ducati Scrambler, que son motos que por mi ciudad apenas veo, o directamente no veo. Pues había bastantes y de lejos algunas. Mucha moto de enduro, que otros años diría que era testimonial. Y luego las MV Agusta que había por la zona… simplemente impresionantes. Las podéis ver en la galería. Si bien les saqué bastantes fotos, solo subí un par para no cansar mucho, pero cómo sonaban, Dios mío… una delicia. Pude echar en falta alguna inglesa clásica. Triumph modernas había bastantes, pero clásicas pocas vi. Me crucé un par de veces con un grupito con sus Terrot, Peugeot, Triumph y Velocette de cerca de 100 años, que son las motos que me gusta ver, ya que no se ven muchas. También encontraréis alguna foto de ellas por la galería.
Y para esta edición fuimos los cuatro. A mis hijos les gustan las motos y tenía ganas de que lo vivieran. Valentina ya fue en 2019, pero era muy pequeñita. Y los planes que hicimos fueron muy normales, pero a la vez son los que me gustan a mí. Vida tranquila, vida bohemia… Nos levantábamos, íbamos a dar un paseo, por lo general a la librería a pillar alguna revista; me traje bastantes. Luego íbamos a ver algún sitio, un poco de playa para jugar con el agua, algún mirador bonito, nos parábamos si veíamos alguna moto que nos llamara la atención y luego íbamos a comer. Descansábamos un poco y vuelta a pasear por las calles, hasta que sobre las 8 más o menos íbamos a ver la puesta de sol, que no nos la perdimos ningún día, y ahí nos quedábamos hasta las 10 y pico, cuando bajábamos a hacernos la cena. Cenita rápida y volvíamos a salir de noche, que es cuando veía que la cosa estaba muy tranquila.
El sábado sí que aprovechamos para ir al Village. Pillamos entrada de un día y pasamos unas horitas allí tirados, tomando batidos y disfrutando del ambiente. Valentina entró a ver lo del muro, que le gustó bastante. Y cuando les pregunté qué es lo que más les gustó… las revistas y el helado que pillamos ese día. Luca pilló unas revistas de Lego y estuvo los cuatro días con los Legos por todos lados; a la Wheels también los llevó. Así que bien, ellos se lo pasaron bien y nosotros también. Y nos quedamos con la ilusión de volver para el año que viene. No sé si con el mismo plan o probar a ir a ver las pruebas que hacen.


















































































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